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La función del padre

La función del padre

David Trotzig

Publicado en Ser Padres Hoy en marzo de 2004


Mientras que la crianza y la maternidad son temas que se han estudiado mucho en las últimas décadas, el estudio del cuidado paterno es una ciencia hasta ahora casi desconocida. La importancia del padre y su influencia en el desarrollo emocional y cognitivo de los niños es casi desconocido y, de momento, son pocos los que se interesan por el tema.

Sin embargo existen pruebas de que la forma de relacionarse y de educar de los hombres es diferente de la forma que tienen las mujeres. Los hombres tienden a ser menos delicados con sus hijos pequeños, a ser más espontáneos como por ejemplo ponerse a jugar con ellos cuando se supone que tienen que irse a dormir, también tienden a darles más independencia y a controlarlos menos cuando están paseando por el parque, a imponer sus reglas y su voluntad de forma diferente, etc.

Los estudios apuntan al hecho de que esta forma diferente de estar de los hombres cumple una función definida e importante en el desarrollo emocional y cognitivo de los niños. En su libro “El rol del padre, la función irreemplazable”, el psiquiatra americano K. D. Pruett demuestra, fundamentándose en una extensa base estadística, que los hombres comprometidos con su función paternal tienen hijos más armónicos, dinámicos y productivos.

Y si es cierto que el padre cumple una función en el desarrollo de sus hijos, la relación inversa también es cierta. Basándose tanto en los estudios como en las experiencias personales de muchos padres, queda de manifiesto que el hombre tiene instintos paternales y necesita a sus hijos e hijas para su propio desarrollo emocional. La paternidad es una lección preciosa e importante y se debería ver más como una oportunidad de crecer y desarrollarse que como únicamente un deber y una responsabilidad.

 

Primera etapa, concepción y embarazo. 

Después de la concepción, el rol del hombre cambia de ser el donante de su material genético, a ser el guardián de la futura madre y de su feto. Si bien es cierto que la mujeres embarazadas pueden seguir sus actividades normales durante gran parte de la gestación, también está claro que necesitan apoyo. El papel del hombre en esta situación es dar este apoyo, darle cariño y seguridad pues la mujer embarazada está más expuesta y más delicada.

 El rol del padre durante el embarazo, parto y post parto es apoyar y proteger a la pareja madre / hijo de las presiones externas. Esto es necesario para que la madre tenga la oportunidad de mantener el contacto con su bebé y seguir atenta a las necesidades físicas y emocionales de su niño/a así como de las suyas propias. Otra tarea importante del padre es sustituir a la madre cuando ella necesita descansar o cambiar un poco de aires.

 Es conveniente que los futuros padres se involucren en el embarazo, que toquen la barriga, que escuchen al bebé, que le hablen, le canten, etc. También conviene que no dejen que los cambios físicos de la mujer influyan negativamente en su vida sexual pues una vida sexual plena durante el embarazo es muy saludable para todos los implicados, el hombre, la mujer e, indirectamente, también para el feto.

En cuanto al parto, el hecho de que el hombre esté o no presente debe ser a criterio tanto del hombre como de la mujer. Si ella no le reclama y él no se siente inclinado a estar allí, esto tiene poca trascendencia. Lo importante es que ella sienta que está disponible, que está por ella y que participa. En palabras de Daniela Abadi, comadrona que ha asistido a miles de partos en diferentes ámbitos y culturas: “Lo que hace falta es que el hombre esté por allí y que sea un apoyo real para la mujer, una persona sólida que esté a su lado y que va a estar pase lo que pase...”

Primeras semanas

 Durante las primeras semanas de la vida de su hijo, el papel del hombre sigue siendo de proveedor de seguridad y descanso para la madre. Ella tendrá más posibilidades de mantener un contacto abierto, real y sincero con su bebé si puede descansar y, a veces, incluso perderlo de vista y atender sus propias necesidades. Durante este periodo, la mujer está muy fijada en su bebé. Todo gira alrededor del pequeño y la relación con el padre puede ser más bien escueta. Esto es una reacción natural que tiene que ver con el hecho de que el bebé realmente no se puede regir por sí solo y que la madre está atada a él porque él la necesita totalmente. Debido a esto, ocurre a veces que el hombre se siente fuera, excluido y que se lo toma mal, porque su mujer no tiene tiempo para cubrir sus necesidades de afecto. De hecho el índice de infidelidad o incluso de abandono del hogar es más alto justamente en este periodo.

 Para los padres que tienen estos sentimientos es conveniente que se pueda hablar con franqueza en la pareja y que la mujer comprenda las necesidades de su compañero. Es importante que el hombre pueda aceptar sus emociones, hablar de ellas libremente y reconocer que, a pesar de lo que pueda parecer, la mujer lo necesita, no tanto como amante en estos momentos, sino como proveedor de seguridad, fuerza y tranquilidad.

La socialización

 A medida que el bebé va creciendo y madurando, su necesidad excluyente de la madre va disminuyendo. Empieza a apartar la mirada de ella para mirar a su alrededor. Allí es donde el padre empieza a adquirir una nueva importancia, no tanto ya como proveedor, sino como persona, como hombre y como padre. Todo niño o niña necesita de esta presencia, una presencia diferente, masculina, una presencia que no envuelve como la madre sino que enseña, que le muestra el mundo y que abre horizontes. La presencia del padre ayuda a dar una imagen más completa del mundo porque la relación del bebé con él no es de dependencia. El padre no es alguien que necesite desde el punto vista físico, sino que la relación con él es de mutuo acuerdo y como tal pone las bases del sentido gregario y de amistad típico del ser humano. Los juegos del padre, más brutos, más agitados abren una nueva vía para el bebé, una vía donde no se trata tan sólo de amor, contacto, nutrición, sino también de descubrir lo que hay allí fuera, de abrirse a impresiones nuevas, excitantes, tal vez peligrosas...

Allí también pueden surgir conflictos, la madre puede temer esta intromisión; “no seas tan bruto, ten cuidado, le vas a hacer daño, es mi bebé...” Pero el deber del padre es seguir con los juegos, seguir el proceso de separación del bebé y de la madre, pues para poder seguir su proceso natural de maduración, el bebé, niño y niña por igual, tiene que poder experimentar todos los aspectos de la vida: la parte femenina de protección maternal, de seguridad y calor, y la parte masculina de apertura, de correr riesgos y de explorar nuevos mundos. Con la ayuda del padre, el bebé se da cuenta de que existe un tercero, de que el mundo no se limita sólo a él y a su mamá, de que hay algo allí fuera que es interesante y que vale la pena conocer. Y a pesar de que siempre suele haber más gente revoloteando alrededor de un bebé, la relación con el padre es más consistente, más segura. No es sólo otra persona más del entorno, es alguien a quien seguir, que siempre vuelve y con quien se crea un apego fuerte y nutritivo.

 Las formas de jugar de un padre comprometido pueden ser varias, desde agarrar al bebé y sacudirlo un poco, tirarlo al aire y recogerlo, soplar ruidosamente en su barriga, abrazarlo, achucharlo, revolcarse con él en el suelo, y un largo etc. Por supuesto el padre debería también participar en las tareas diarias como darle de comer, cambiarle los pañales, bañarlo y todo aquello que implica un contacto y lo que llaman una “actividad de apego” que fortalece los lazos afectivos entre él y su bebé.

 La edad preescolar

 En la edad preescolar la función del padre sigue siendo la de abrir y enseñar cada vez más mundo a sus hijos e hijas. Con su tendencia a dar más libertad a los niños para investigar y descubrir, facilita el desarrollo de la curiosidad y las ganas de conocer, así como la autoconfianza y autoestima. Cuando un niño pequeño se pone a llorar de frustración por no conseguir un objetivo dado, por ejemplo, la reacción típica de la madre suele ser de alzarlo y consolarlo, mientras que la del padre es de incitar al pequeño a probarlo otra vez y ayudarle para que lo consiga. Esto es un ejemplo de cómo la forma del padre de apoyar la realización de tareas a veces difíciles, ayuda a desarrollar la capacidad de resolución de problemas. En su libro el doctor K. D. Pruett cita a un maestro de escuela que explica: “Puedo identificar a los niños ‘de buenos padres’ por su confianza en sí mismos y su disposición a probar cosas nuevas”.

También para el proceso de la primera maduración sexual de sus hijos la importancia del padre es considerable. En este caso, tal vez no tanto por su forma especial de actuar, como del hecho de ser un hombre con todo lo que esto significa. Cuando aprenden a diferenciar sus genitales de los demás órganos y a compararse con los adultos de su entorno, los hijos varones utilizan a su padre como modelo de cómo hay que ser. Para las hijas, el padre es el objeto de sus primeros ejercicios de seducción. El reconocimiento del padre de la hombría de su hijo o de las gracias de su hija es esencial para que éstos puedan desarrollar una autoestima y una identificación sexual consistente. Comparando a su madre y a su padre aprenden también a reconocer sus diferentes formas de ser y de actuar sea en casa o fuera de ella, y a través de su forma de identificase con ellos se asienta su futura capacidad de formar pareja, de poder amar y aceptar ser amado por una persona del sexo opuesto.

Los padres emocionalmente maduros ven con cariño y diversión los intentos de seducción del que son objeto por parte de sus hijas. Con delicadeza y buen humor fomentan su expresión al mismo tiempo que la van dirigiendo hacia otros objetos más propios de su edad.

El niño en edad escolar

 Cuando se habla de educación se suele confundir dos cosas; una es la forma de estar con los niños, y otra la forma de adiestrarlos para su adaptación al contexto social vigente y para sus futuras necesidades económicas. La importancia de una presencia paternal positiva durante todo el proceso de aprendizaje y escolarización ha sido ampliamente comprobada mediante una larga serie de estudios científicos en muchos países. En su libro, el doctor Pruett describe cómo la presencia paterna durante las diferentes etapas del desarrollo de su hijos tiene una influencia decisiva en la motivación, capacidad de aprender y comprensión durante toda la escolarización. Por otro lado también se ha comprobado que la presencia paterna únicamente autoritaria y disciplinar tiene un efecto negativo sobre el desarrollo emocional y cognitivo de sus hijos.

Como en muchas otras cosas, el término medio es el más adecuado. El padre comprometido es un referente positivo para sus hijos e hijas. Es capaz de mostrar amor y sentimientos, de tocar y abrazar a sus hijos e hijas pero también de imponer el orden y una estructura estable en sus vidas.

 Idealmente el padre se involucra activamente junto con la madre en todos los aspectos de la educación de sus hijos. Va a las reuniones escolares, se interesa por conocer a los amigos y amigas de sus hijos y también toma parte en sus trabajos y logros. Del mismo modo involucra a los hijos en su propia vida, enseñándoles donde trabaja, hablando de su trabajo con ellos y haciéndoles partícipes de todas la áreas específicas de la vida adulta.
 

 La adolescencia

 La adolescencia es una época tremendamente importante, tremendamente sensible y tremendamente caótica para el ser humano. Aunque parezca que el niño ha adquirido una gran autonomía en comparación con las etapas anteriores, lo cierto es que necesita más que nunca de la presencia de sus padres para guiarle a través del laberinto de emociones e impresiones propias de este período de la vida. Los cambios psíquicos y físicos que acompañan la adolescencia implican un mayor entendimiento de las cosas, es decir que las reglas que hasta ahora no se cuestionaban quedan en entredicho, la supremacía intelectual, física y moral de los padres ya no es creíble y el orden de la realidad ya no tiene la base segura de antes. Los cambios fisiológicos son profundos y desconocidos. El flujo de hormonas sexuales provoca impulsos y deseos con una fuerza hasta ahora desconocida que el adolescente tiene que contextualizar de alguna forma. El cuerpo crece y adquiere nuevas formas a velocidad vertiginosa. Cosas que antes carecían de importancia son ahora vitales, la ropa, las apariencias, las relaciones con los compañeros del sexo opuesto, etc.

En este caos de rebelión y aparente seguridad, el adolescente, chico o chica, necesita la tutela benévola de su padre, a alguien que delimite el mundo y enseñe con sus palabras y su forma de ser, el camino hacia la edad adulta. A menudo se cree que los adolescentes tienen ya las habilidades necesarias para buscarse la vida sin ayuda. Engañados por su aparente autonomía, así como por su insistencia de que no los necesitan, los padres prefieren a veces evitar la confrontación directa y dejar que hagan lo suyo sin meterse. Pero cuando tiene toda la libertad del mundo, en lugar de sentirse bien, el adolescente puede sentirse abandonado y decepcionado. Para su desarrollo emocional necesita sentirse libre pero también apoyado, con unos límites claros y la conciencia de que sus padres están allí, que se ocupan de él y que están siempre dispuestos a protegerle incluso contra sus propios impulsos cuando sienten que las cosas se desmadran. El adolescente, chico o chica, necesita la presencia tranquilizadora de su padre, pero también lo necesita para tener a alguien contra quien rebelarse, alguien que sea capaz de resistir a sus ataques y de mantenerse firme contra viento y marea. En esta edad los jóvenes pierden fácilmente el rumbo y se pueden meter en problemas debido a sus inquietudes. La presencia cálida, abierta y paciente del padre así como su ejemplo, por muy ingrato que pueda parecerle, es entonces clave para que los impulsos potencialmente destructivos se inviertan en cosas más positivas.

Durante la preadolescencia y la adolescencia, el padre tiene todo un abanico de responsabilidades hacía sus hijos e hijas. Es un época dura, con muchos altibajos emocionales, muchos sentimientos de logros y también de fracasos. Lo más importante es tener paciencia y una mente abierta. La comunicación es la clave, una comunicación que implica la capacidad de compartir con los hijos o hijas una parte creciente de las decisiones y de la gestión familiar.

Idealmente, el padre comprometido, intenta pasar momentos a solas con sus hijos adolescentes, es decir sin el resto de la familia. Se interesa por hacer cosas juntos, por hablar y escucharlos, por compartir sus opiniones con ellos y apoyarlos en sus intentos de ser adultos. También conviene hacerles participar de las decisiones familiares y otorgarles (a veces a la fuerza) tanta responsabilidad como puedan asumir sin por ello empezar a sentirse dejados a la deriva.
 

El rol del hombre en la familia

 Muchos hombres en nuestra sociedad se sienten alejados de la realidad de la crianza y educación de sus hijos. Muchas veces expresan una escondida tristeza ante este vago sentimiento de no pertenecer realmente al entorno familiar íntimo. Muchos huyen de esta tristeza al mundo del trabajo o del deporte donde se sienten seguros y donde no tienen que competir en un área para la cual no han recibido ninguna educación y para la cual tampoco tienen respaldo de la sociedad ni de las tradiciones. Temerosos de perder el respeto de sus congéneres se aferran a unas posiciones incoherentes con la realidad del ser humano y pierden la oportunidad de cumplir su función de padre y de hombre allí donde más se les necesita. Esta actitud, residuo de las tradiciones machistas de antaño, sigue siendo responsable de una gran cantidad de infelicidad donde mujeres e hijos infelices se sienten abandonados por maridos y padres igualmente infelices e incapacitados para asumir su función de dar apoyo, de educadores y de amantes.

 La educación y crianza de los niños es algo que se hace entre la madre y el padre, entre lo masculino y lo femenino. La falta de un modelo u otro implica un desequilibrio en la realidad de los niños, un desequilibrio que luego los marca tanto en su forma de ser como en su forma de relacionarse con los demás. El seno de la familia es un lugar que necesita de la presencia y la sensibilidad del hombre, de su fuerza y de su forma de ser masculina.

 

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