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Artículo publicado en Ser Padres Hoy, junio de 2004

Artículo publicado en Ser Padres Hoy, junio de 2004

El estrés en la paternidad

David Trotzig

Publicado en la revista “Ser Padres Hoy”, en junio de 2004 

El estrés puede ser definido como una situación donde tanto la mente como el cuerpo están en un estado continuo de tensión o de alarma. Esto suele ser debido a que la situación vital no permite que la persona se relaje y recupere los recursos gastados. Históricamente, los padres no sufrían de estrés porque tanto la economía como la organización de la sociedad se basaba en grupos humanos y familiares más numerosos. Entonces el ocio y la comunicación interpersonal era algo natural, el trabajo era mucho menos intenso y el compartir tareas entre varios era lo normal. El hecho de que funciones naturales y vitales como tener hijos y educarles se haya vuelto algo estresante, se debe a que la sociedad donde vivimos ha perdido el contacto con su base vital y con sus raíces naturales.

El estrés es un problema del que se está hablando muy a menudo en los medios de comunicación, así como en los lugares de trabajo, las escuelas, los centros de salud, etc. Esto se debe a que es un problema importante que se ha ido generalizando en la sociedad occidental desde hace décadas. Todos los ámbitos de la sociedad están implicados y, por supuesto, la familia no es ninguna excepción ya que, si algunos o todos los miembros de la familia trabajan, van a la escuela o tienen cualquier tipo de relación con el resto de la sociedad, es probable que estén en contacto directo o indirecto con el estrés.

Es importante constatar que la mayoría de las personas que padecen estrés no son conscientes de ello. Pueden tener malestar, angustia, problemas de pareja, problemas de salud física, pero no ser conscientes de que eso en gran parte se deba a que están estresados. Un primer paso para solucionarlo, por lo tanto, y tal vez el más importante, es darse cuenta de que existe una situación de estrés. A partir de este momento, se puede habla de tres fases para enfrentarse a esta situación:

  1. El reconocimiento de los factores estresantes, de cómo actúan y cuáles son sus efectos.

  2. El reconocimiento de nuestros propios límites y de cómo reaccionamos nosotros y nuestro entorno ante este fenómeno, así como comprender que no se trata de un fallo nuestro sino de unas circunstancias adversas que hay que remediar.

  3. El manejo de los efectos del estrés y el control de nuestras reacciones ante él, es decir encontrar la forma más adecuada para atenuar sus efectos.

El estrés paternal es algo que todos los padres de las sociedades modernas vivimos a diario. ¿Quién no ha pasado por momentos de máximo estrés cuando nuestro hijo o hija de un par de años se escapa y se pone a correr directamente hacia la calle llena de coches y camiones? Y después, con el corazón todavía en la boca, tenemos que aguantarnos la rabia y defendernos de las patadas de la criatura que se siente frustrada por no haber podido ir adónde le apetecía. Luego, con la adrenalina todavía corriendo por las venas nos dirigimos al trabajo donde los jefes y las situaciones nos obligan a mantener un nivel de producción inhumano durante ocho, nueve o diez horas para luego salir, ir a buscar a los niños, pensar en la comida, ir a comprar, volver a casa, limpiar, planchar, poner lavadoras, cocinar, ayudar con los deberes, intentar comunicarnos con la pareja, cenar, meter a los niños en la cama, leerles el cuento, etc. Y cuando nuestros deberes finalmente están cumplidos ya no podemos hacer nada más que echamos a mirar la tele. Con mala conciencia esquivamos las miradas de deseo de la pareja (si es que todavía las hay) porque estamos demasiado cansados para una noche de amor, nos vamos a la cama y nos desmayamos agradecidos por el suave tacto de la sábanas. Luego, a la tres o cuatro de la madrugada nos despertamos con un sobresalto y una sensación de angustia y nos quedamos con los ojos como platos pensado que tenemos que dormir, pero incapaces de sacarnos el incesante hormigueo de pensamientos de la cabeza. 

Esta situación algo estereotipada es, con sus variaciones, lo que viven la mayoría de la mujeres y hombres con hijos en nuestra sociedad y, sin embargo, no se suele hablar mucho del estrés de los padres. Existe como una actitud general de que “nos lo hemos buscado” así que no tenemos derecho a quejarnos. Pero tenemos derecho y debemos quejarnos pues somos los creadores del futuro y nos deberían cuidar un poco mejor por ello. Está muy bien hablar de los niños, de sus posibilidades de desarrollarse plenamente y todo esto, pero también hay que hablar de los padres y de su necesidad de vivir con más tranquilidad y de poder de disfrutar de la vida.

Los factores estresantes

Los factores estresantes para los padres son variados. Pueden ser debidos a actitudes personales de los mismos padres, a factores externos como la economía o las condiciones de trabajo, o a factores como el aislamiento y la falta de infraestructura como abuelos o amigos que puedan echar una mano.

Lo que sí está claro es que cuando hay sufrimiento y malestar, es que se está produciendo una situación anómala, una situación a la que las personas no se pueden adaptar, pues si estuvieran adaptadas, no sufrirían. Una de estas anomalías, es que nuestra sociedad no está hecha a la medida de los niños. Las ciudades y la mayoría de los pueblos son lugares peligrosos con pocos equipamientos destinados a los pequeños y donde las calles son francamente letales; a ningún padre se le ocurriría dejar suelto a un niño de un par de años en medio de una ciudad con el tráfico que hay. Equivaldría a una muerte segura en pocos minutos.

Nuestras condiciones económicas tampoco están hechas a la medida de la familia con niños. Esto lo sabe todo el mundo. Si trabajan ambos padres y no hay abuelos que puedan cuidar al niño, hay que meterlo en una guardería al cabo de cuatro meses de nacer pues esto es lo que la sociedad se compromete a apoyar, y nada más. Así que la lactancia prolongada por la que abogan cada vez más psicólogos y pediatras, se vuelve una cosa imposible en la práctica, o por lo menos muy difícil.

Las viviendas son normalmente bastante pequeñas, repletas de objetos peligrosos como enchufes, productos tóxicos, balcones y ventanas peligrosas, etc. Por regla general no hay ningún jardín ni ningún lugar donde los niños puedan estar y jugar a sus anchas. Las viviendas también son lugares dónde personas de diferentes edades y con diferentes intereses comparten el mismo espacio. Esto lleva muchas veces a conflictos que, por triviales que puedan parecer, pueden llegar a ser profundos e impactantes.

Una vez reconocido el hecho de estar padeciendo de un síndrome de estrés las formas de remediarlo son varias y no necesariamente muy radicales. A veces bastan pocos cambios para mejorar notablemente la situación. Lo más importante es haberse dado cuenta y tener la voluntad de hacer estos cambios. Está claro que algunas cosas no se podrán cambiar, como la necesidad de trabajar y estas cosas, pero es sorprendente como pueden mejorar las cosas en casa sólo por cambiar algunas actitudes que dábamos por supuesto.

El reconocimiento de los propios límites

Es conveniente aprender a reconocer y aceptar sus propios límites. La reacción natural ante el estrés, necesaria y saludable en circunstancias normales, se vuelve negativa cuando traspasamos los límites de nuestro sistema, es decir, de las posibilidades reales de nuestro cuerpo y de nuestra mente. El intentar abarcar más de lo que somos capaces, como por ejemplo las llamadas “Super mujeres” o Super hombres”, tiene como consecuencia que los recursos personales se acaben rápidamente y llegamos a una situación de estrés sostenido, el estrés más peligroso. El no dormir lo suficiente durante mucho tiempo provoca también un estrés muy serio que afecta tanto el cuerpo como la mente con síntomas de irritabilidad, problemas de concentración, bajas defensas contra las enfermedades, etc. 

Otra de las limitaciones que suelen tener muchas personas es resistirse a aceptar realidades que no les convienen. A veces, por ejemplo en el caso de parejas que llevan mucho tiempo juntos antes de tener su primer hijo, se intenta seguir como antes, como si nada hubiese cambiado.

Manolo y Pilar explican: “Estábamos acostumbrados a salir a un bar y desayunar leyendo el periódico los domingos por la mañana comentando las noticias y pasándolo bastante bien. Al tener a la niña, pensamos que podríamos seguir igual, pero no funcionaba, claro, la niña no dejaba de reclamar nuestra atención. Antes de adaptarnos a la nueva situación de ser padre pasamos un periodo muy duro de intentar llevar la misma vida que antes, pero con la criatura al lado. Nos estresamos mucho. Nos volvimos irritables y malhumorados y nos empezamos a pelear por tonterías. En fin, lo estuvimos pasamos muy mal durante un tiempo hasta darnos cuenta de que, realmente, no asumíamos nuestro nuevo estado de ser padres. Una vez nos dimos cuenta y empezamos a asumir que ya no teníamos la misma libertad de hacer lo que hacíamos antes, empezamos a sentirnos mucho mejor, los tres.”

Aprender a conocer sus límites es aprender a conocerse a sí mismo y, por lo tanto, tener una base más real para ensanchar estos límites si hace falta.

El estrés por mala conciencia

Muchos padres y madres que trabajan tienen mala conciencia crónica por no estar más con sus hijos. El hecho de que, en la mayoría de los casos, ésa sea su realidad económica y no tengan elección, no suele ser suficiente para aliviar su estrés. Muchas veces intentan suplir su falta comprándoles continuamente regalos y chuches a sus hijos, o dejándoles que hagan siempre lo que quieren, como por ejemplo jugar a video juegos todo el día o mirar la tele hasta media noche. Se ha comprobado que estos métodos compensatorios no sólo no sirven para que los hijos se sientan más acompañados, sino que pueden llegar a ser francamente perjudiciales para su desarrollo emocional.

Si no es posible estar mucho tiempo con sus hijos, más que intentar comprar su cariño, es mejor intentar compensar la cantidad por calidad, es decir que cuando se está con los hijos, estar de verdad. ¿qué quiere decir eso? Pues que el tiempo de estar con un hijo sea un momento durante el cual se tenga contacto real con él o ella, es decir, llegar a sentirse con él, no solamente tocarle o estar en la misma habitación, sino estar CON él, sentirse abierto a la comunicación y a las necesidades del niño a todos los niveles. Todas las personas, y los niños en especial, necesitan sentir que se les mira, que se les ve y que se les reconoce cómo son.

Adrián, padre de un niño de 4 años explica: “llevo a Valentín a la escuela cada día antes de ir al trabajo. Lo hago para poder estar con él porque si no, no lo vería nunca. Como que tengo prisa y estoy nervioso, le obligo a ir más rápido a pesar de sus gritos y de sus protestas. Sé que le estoy forzando en contra de su naturaleza de niño pero no lo puedo remediar, estoy estresado y me pongo nervioso. Esto me daba mucha pena y me sentía mal todo el día, especialmente cuando llegaba a casa y ya se había ido a dormir. Un día se me ocurrió que siempre estaba con él a medias, es decir, que siempre que estaba con él, pensaba en otra cosa también, en el desayuno, en que se tenía que vestir deprisa, en que llegaba tarde, etc. Entonces pensé, bueno, y qué pasa si llego cinco minutos tarde... Y cogí a mi hijo en brazos, me senté en una butaca y me quedé sin hablar ni nada, abrazándole y sintiéndole hasta que él se cansó y se quiso ir. Él reaccionó bien, claro. Al principio un poco nervioso porque pensaba que en cualquier momento me lo quitaría de encima, pero paulatinamente se fue acostumbrando, tomándolo como algo normal. Nuestro contacto mejoró muchísimo con estos cinco o diez minutos de dedicación diaria. Siento que estamos más cerca y, aunque nos vemos exactamente el mismo tiempo ahora que antes, tenemos un contacto real que antes no existía. Y así estoy más tranquilo porque sé que aunque no lo veo tanto como quisiera, él me siente y sabe que le quiero.”

El ocio invadido

Todas las personas necesitan dedicar algún tiempo a su propias necesidades y al ocio. Los padres, especialmente, necesitan tener con regularidad la posibilidad de evadirse de sus responsabilidades y hacer algo diferente que no tenga nada que ver con su trabajo o con sus hijos. Es necesario porque la mente humana necesita descansar y reponer la energía gastada. Una persona estresada ha perdido, por definición, la capacidad de reponer esta energía y, por lo tanto, su rendimiento baja forzosamente. La persona estresada, deja que sus preocupaciones invadan todas las áreas de su vida, hasta el sueño, porque no tiene ninguna parte de su vida reservada para ella misma. En el caso de los padres estresados esto es trágico pues les impide disfrutar de sus hijos y del hecho de ser padres. Incluso pueden llegar a sentir la paternidad únicamente como una carga.

María y Pedro explican: “Al final sólo había morros en casa. La hija mayor se acercaba a la adolescencia y veíamos cómo se alejaba cada vez más del resto de la familia. Y la pequeña simplemente nos miraba con pena. Pedro se había transformado en un gruñón de primera y yo no dejaba de quejarme y lamentarme. Era una situación horrible que sólo iba a peor. Entonces una amiga nos aconsejó ir a un consejero familiar antes de que la cosa explotara. Lo primero que nos preguntó fue: ‘¿Cuántas veces habéis salido solos los dos a divertiros últimamente?’ La verdad es que hacía siglos que no hacíamos nada juntos. ‘¿Cómo os imagináis que una familia puede ir bien si los máximos responsables no son capaces de cuidarse ni de divertirse? Los padres son el centro de la familia, no los hijos. Si los padres son felices, los hijos lo serán automáticamente! Cuidaros a vosotros mismos y ya veréis que las cosas mejorarán... Y la verdad es que mejoraron mucho. No directamente, claro, pero sí con el tiempo.. Era una cuestión de actitud.”

Ayuda a desestresar a los demás

Una familia se podría comparar con un equipo de trabajo con un objetivo a largo plazo. Para lograr el objetivo de la mejor forma es importante que haya buena voluntad por parte de todos, especialmente de los adultos responsables, y una comunicación fluida. También es importante que todo el mundo tenga claro qué se espera de ellos y qué pasa si no cumplen con estas expectativas. Los niños, por ejemplo, necesitan dormir y los padres necesitan descansar de su papel de padres. Es, pues, mucho mejor para todos que los niños se vayan a dormir temprano para que los padres puedan tener un rato de vida adulta y tranquila. Con esto los padres ganan tranquilidad y los niños pueden dormir más horas, cosa que siempre necesitan.

También conviene que los miembros más responsables de la familia, los padres y los niños según su nivel de madurez, entiendan la importancia de aliviar el estrés de los demás miembros. Así, por ejemplo, los niños pueden ayudar en las tareas domésticas aligerando la carga de los padres estresados. Esto cumple dos objetivos igualmente importantes: el primero es hacer la vida más fácil para los padres y así tener una vida más tranquila y serena, y el segundo es que así aprenden a responsabilizarse de las cosas y a participar. Al mismo tiempo, por supuesto, van adquiriendo las habilidades domésticas que les servirán de mayores.

Estrés laboral

En la sociedad en que vivimos la gran mayoría de las personas que trabajan padecen estrés laboral. Los que además son padres tienen la desventaja de que al estrés acumulado durante el día de trabajo, se le añade el estrés de tener que gestionar y mantener a la familia. Es decir que cuando llegan a casa, no es la paz y la armonía lo que les espera, sino más bien los contrario. Aquí está claro que suele haber una diferencia grande ente individuos de diferentes sexos. Para la mayoría de los hombres llegar a casa después de trabajar sí que puede significar paz y tranquilidad. Para la mayoría de las madres trabajadoras, no. Cuando vuelven a casa tienen que empezar otra jornada laboral que, a diferencia de la que realizan fuera del hogar, no tiene límites claros. Tienen que ir a buscar a los niños, ir de compras, poner lavadoras, planchar, pensar y preparar la cena, darles de comer a los hijos e, incluso a veces, cuidar del marido como si de otro hijo se tratara.

Montse explica: “De hecho para mi no es tanto el hecho de tener que hacer todas estas cosas, como de tener la única responsabilidad de todo lo referente a los niños y la casa. Alberto sí que ayuda, pero no piensa las cosas. Tengo que pensarlo, decidirlo y al final repartir las tareas yo sola. Esto es lo más agotador, la responsabilidad constante, es como si fuera ejecutiva de una empresa, pero sin el reconocimiento, ni tampoco el dinero...”

La situación de estrés para el ama de casa trabajadora, o trabajador, es grave pues las oportunidades de descansar y de recuperar las fuerzas son pocas. También es grave porque es difícil encontrar argumentos o, incluso, posibilidades reales para que se puedan desestresar. Su realidad es estresante y tienen pocas posibilidades reales, aún con la mejor voluntad del mundo, de rebajar su nivel de actividad y, por lo tanto, de estrés.

Para estas personas, cuya realidad no permite compromisos, el planteamiento tiene que ser diferente. Puesto que ella misma no puede rebajar su nivel de actividad, tiene que exigir de su entorno que la ayuden. La pareja, si la hay, tiene que colaborar y compartir las tareas de casa. Los hijos, ya desde que tienen uso de razón, tienen que aprender a hacer tareas domésticas para las cuales tienen el suficiente nivel madurativo. No es concebible que una madre o padre de familia se deslome trabajando mientras que sus hijos en edad de ayudar sólo miran la tele o se dejan servir como si fuesen pachás. Una tarea primordial para los padres trabajadores es organizar a la familia para que les saque el máximo número de tareas de encima. Un ambiente de trabajo y de cooperación es algo saludable en una familia y es responsabilidad de los padres enseñar a sus hijos a compartir tanto las cosas buenas como las malas.

Desde un punto de vista estadístico está más que comprobado que los hijos que han colaborado activamente en las tareas del hogar y ayudado a que haya buen ambiente en la familia, tienen muchas más posibilidades de llegar ser adultos felices y responsables, capaces de trabajar en equipo y capaces de dar un giro positivo a sus propias familias.

Es posible

Tener una familia razonablemente feliz bajo la presión de la sociedad industrial moderna no es fácil, pero es posible. Lo primero es darse cuenta de que vivir estresado, con malestar y con relaciones deterioradas no debería considerarse lo normal. A partir de entonces es necesario darse cuenta de cuales son los factores que causan los problemas, hablar con los demás miembros de la familia con una actitud abierta y receptiva para juntos intentar resolver estos problemas. La forma en que cada familia elige solucionar sus problemas es bastante individual, dependiendo principalmente en las posibilidades reales de cada uno de sus miembros, tomando en cuenta sus propios límites y respetando los límites de los demás. Si todos colaboran de acuerdo con sus posibilidades reales, con su nivel de madurez y respetando a los demás, se puede crear un ambiente familiar donde tanto los padres como los hijos están a gusto y tal vez incluso descansan de las presiones del exterior.

 

 

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