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Hijos adoptados, cómo crear un vínculo

Hijos adoptados, cómo crear un vínculo

Por David Trotzig

(Publicado por Ser Padres hoy en su número de octubre de 2003) 

Introducción 

Me gustaría empezar con una anécdota. Un día, cuando nuestra hija tenía cuatro años y, harta de nosotros por alguna pelea que habíamos tenido, nos anunció rabiosa que nos iba a dejar, le contesté con mucha seguridad que de hacerlo llamaría a la policía y que ellos la buscarían por toda la ciudad y la traerían de vuelta a casa a la fuerza. Esperándonos una reacción de rabia como respuesta, quedamos muy sorprendidos cuando la niña, en lugar de pegar el grito al cielo, hizo todo de esfuerzos para ocultar una sonrisa y la expresión de satisfacción que mi contundente respuesta le había causado. Habíamos superado una de muchas pruebas que los niños que han sido abandonados les someten a sus padres adoptivos para asegurarse de que realmente son queridos. 

Esta fue una situación que se repitió en muchas ocasiones durante los años que siguieron, con diferentes variaciones sobre el mismo tema, hasta que ella ya se sintió segura en nuestro hogar y no tuvo más la necesidad de poner a prueba nuestro mutuo apego. 

El abandono 

El abandono y los malos tratos crean en los niños un vació interno, una incapacidad de hacerse valer y una sensación de miedo y de desconfianza que les es imposible superar solos. Estas experiencias tempranas constituyen, aunque ya no se acuerden de ellas, el trasfondo emocional que regirá sus futuras relaciones personales, su vida emocional en general e incluso sus pautas de desarrollo y su capacidad de maduración física y psíquica. Hasta que este vacío no esté llenado, las carencias afectivas compensadas y las heridas curadas, la criatura tendrá una constante y obsesiva necesidad de afianzar su espacio vital. Necesitará asegurarse constantemente de que la quieren, de que está segura, de que se cubrirán sus necesidades básicas y de que nunca, nunca la volverán a abandonar. 

Hasta entonces la sensación de abandono y soledad será el hilo rojo de su vida, su mayor preocupación, y todos sus actos y pensamientos estarán influidos por ello en mayor o menor grado. Se note o no, de forma abierta o encubierta, estará en todo momento luchando por tratar de compensar y de huir de aquel miedo abismal que sus primeras experiencias le causaron. 

La capacidad de los padres o cuidadores adultos para responder a esta constante demanda de atención, a esta necesidad de seguridad y a esta continua desconfianza será lo que determine de qué forma el niño podrá superar su estado de desapego. 

Las Habilidades Parentales 

Existen, principalmente en EEUU, pero también aquí en Europa, organizaciones e individuos dedicados a la investigación de este fenómeno. Uno de los pioneros en este campo fue el médico inglés J. Bolwby que acuñó la expresión “Trastorno del Apego” a partir de los descubrimientos hechos durante unos estudios sobre niños evacuados de las grandes ciudades inglesas durante la Segunda Guerra Mundial. A partir de estas investigaciones se ha llegado a la conclusión de que los niños que han tenido vivencias de abandono o malos tratos de pequeños necesitan, además del cariño normal de unos padres, unos cuidados especiales que se han ido agrupando bajo el nombre de “Parental Skills”, es decir “Habilidades Parentales”.

Para los niños cuyas vivencias han sido especialmente fuertes y penosas, se han desarrollado unas técnicas especiales llamadas Terapias de Apego, durante las cuales padres y especialistas trabajan juntos para traspasar las barreras que el miedo y los traumas del niño le han forzado a erguir a su alrededor. 

La principal capacidad que ayuda a padres y terapeutas en esta tarea, es la increíble capacidad de recuperación del ser humano de heridas que en otras especies hubieran sido mortales. Dada esta especial flexibilidad y recuperabilidad, si a un niño herido que no haya padecido daños fisiológicos o psicológicos irreversibles, se le proporcionan unos cuidados que compensen sus vivencias traumáticas y sus carencias afectivas tempranas, sus posibilidades de llegar a ser un niño razonablemente feliz y un adulto sano y equilibrado, son buenas. 

La creación de un vínculo afectivo 

El primer paso imprescindible para la recuperación es la creación de un vínculo afectivo con el niño. Este vinculo, se podría decir, es como un cordón umbilical psíquico que los niños utilizan para nutrirse afectivamente de su madre una vez efectuada la separación física del nacimiento. Al abandonarle es como si al niño se le arrancase a la fuerza este cordón emocional, dejándole con una herida abierta y dolorosa. Como reacción, el niño se suele volver reacio al contacto y a los intentos de acercamiento pues ¿quién le puede asegurar que el abandono no se volverá a reproducir? A menudo se desencadenan entonces reacciones de defensa e intentos de mitigar las heridas para que resulten menos dolorosas. 

Nuria y Juan explican: “Es curioso, cuando la conocimos, Clara era como un rayo de sol constante, pero no parecía necesitar cariño. Siempre estaba contenta, saludaba a todo el mundo y se subía a la falda de cualquiera. Pero cuando la queríamos abrazar o tener en brazos, no se dejaba, como si el contacto más cercano la molestara...” 

El caso de Clara es bastante típico para un niño o una niña adoptada de mayor, es decir de más de dos o tres años. Como substituto al vínculo afectivo perdido se ha ido construyendo unas defensas basadas en la seducción y el acercamiento interesado a cualquier adulto que se le presente. Muchos padres adoptivos quedan encantados con esta conducta tan social y simpática, pero no hay que dejarse engañar. Detrás de la fachada hay una niñita triste, sola y asustada que no se atreve a salir y que necesita ayuda para atreverse a ser ella misma. Aunque el proceso de vinculación pueda llegar a ser largo y difícil, no hay que perder la paciencia pues aunque la niña rechace estos intentos de acercamiento al principio, sus propios instintos trabajan a nuestro favor, y al final su miedo y sus resistencias cederán. 

Crear un vinculo afectivo necesita, como hemos visto, de una actitud especialmente abierta por parte de los padres y cuidadores. Hay que sacarse de encima el orgullo y la vanidad pues en los enfrentamientos con el niño, ganar es perder, perder terreno ganado, perder confianza y por ende, favorecer la desvinculación. También conviene aprender a ser firme sin ser rígido, y esto no es siempre fácil pues no hay reglas escritas sobre cómo y cuándo hay que ceder ante las demandas del niño, y cuando no. Una posibilidad puede ser simplemente que cuando uno se encuentre en la situación de tener que dar o no dar, pensar en las consecuencias de ambas posturas y luego adoptar la que sea mejor para el niño. 

Técnicas parentales 

Un vez creado el vínculo hay que fortalecerlo, nutrirlo y consolidarlo de forma que pueda pasar a ser un sentimiento de apego completo e incondicional. Aquí una de las cosas más importantes que conviene recordar es la importancia de mantener el contacto con el niño. Cuando se habla de contacto en este contexto, no se habla simplemente de contacto ocular o físico, de lo que se habla es de una actitud donde se mantenga una gran receptividad, los sentidos abiertos a la presencia y personalidad del niño, a sus necesidades y a las señales que emite, sean estas abiertas u ocultas; una actitud que se acerca un poco, aunque tal vez en grado menor, a la actitud protectora ideal de la madre con su bebé, donde ella siente las necesidades de su niño incluso antes de que las exprese, donde ella está pendiente de su hijo frente a cualquier otra cosa y donde su propia comodidad viene siempre después de la del niño. 

Jugar a bebés 

Existen muchas actividades y actitudes favorecedoras del apego y de la vinculación y conviene estar atento a las señales del niño para saber cuáles aplicar y en qué momento.

Peggy, madre de una niña de ocho años explica: “Jugamos mucho a bebés. Mi hija tiene 8 años pero tiene una vaso para bebé, de estos que no se derrama su contenido, y un chupete (bueno, el chupete sólo duró una semana). Le doy la cena sentada en mi falda algunos días (cuando ella quiere). Cada mañana la despierto con una canción (canto fatal) y le hago cuchi cuchi”.

La mayoría de los niños adoptados de cualquier edad se han perdido una porción importante de las actividades normales y necesarias de cuando eran muy pequeños así que una técnica de compensación de esta carencia, es justamente jugar a bebés. Se toma al niño en brazos o sobre la falda, no importa su edad cronológica, se le abraza largo y tendido haciendo con él todo lo que se haría con un bebé: mirarle en los ojos, acariciarle la carita, hacerle muecas, tocarle la nariz con la suya, cantarle, mecerlo o cualquier otra ocurrencia similar. También es importante ceder ante demandas que puedan parecer fuera de lugar como darle el biberón o comiditas para bebés, llevar pañal aunque ya no tenga edad para ello, etc. Todo esto se hace para llenar el vacío de desarrollo en su pasado y darle la oportunidad de “repetir curso”, es decir sentar unas bases necesarias para su posterior desarrollo.

Es importante recordar que es posible que el niño se oponga a este trato al principio, ya que justamente por su falta de apego siente un rechazo a la intimidad. En estos casos conviene empezar poco a poco, sin forzar demasiado, pero tampoco abandonar, pues el niño lo necesita y también necesita ayuda para vencer su resistencia al contacto íntimo. Para no crear una situación embarazosa para el niño es preferible hacerlo cuando haya un mínimo de intimidad y nunca a la vista de sus amigos o de extraños. También es probable que sus necesidades de ser tratado como un bebé vaya a temporadas. El proceso madurativo no es lineal sino que es más bien escalonado con momentos de rápido avance, seguido de momentos de regresión donde necesita otra vez pasar por etapas ya pasadas. Algo así como un paso atrás para tomar impulso para un salto hacia delante.

Bañarse juntos 

Eva, madre adoptiva: “Pablo tiene ya 22 años, pero cuando lo adoptamos sólo tenía meses y el pediatra me dijo que me bañara con él para acostumbrarle a mí. La verdad es que fue fantástico, nos dio a los dos una gran sensación de estar cerca...” 

Otro elemento que favorece mucho la vinculación es el contacto piel a piel. La energía y el sentimiento de intimidad transferido durante el contacto con la piel desnuda es inigualable. De hecho se ha descubierto que la supervivencia de los niños prematuros es muchísimo mayor si, en lugar de tenerlos en una incubadora las veinticuatro horas del día, se los coloca desnudos en contacto directo con la piel de la madre el mayor tiempo posible. El calor y la energía de la madre no se puede comparar al de un artilugio mecánico. 

Comer del mismo plato 

Susana, madre de una niña de 6 años cuenta: “Mi hija come poquito porque enseguida queda llena, pero siempre le cabe algo más cuando puede cogerlo de mi plato. En días de inapetencia total, sólo come de mi plato, aunque le ponga en el suyo lo mismo que estoy comiendo o lo traslade del mío al suyo”. 

La comida puede llegar a ser un problema. Los niños que han padecido desnutrición grave pueden llegar a asociar cualquier sensación que venga del estómago con el sufrimiento que padecieron por el hambre. Entonces el comer se vuelve algo poco atractivo y desagradable, y la hora de la comidas en familia algo pesado y angustioso. Quedan llenos enseguida, la comida se les hace bola, los padres se ponen nerviosos y angustiados, etc. El de Susana es un buen ejemplo de cómo se puede transformar un problema potencial en una ocasión para reforzar la vinculación, transformando la comida en algo compartido, algo íntimo y especial, nutriendo a la niña tanto física como emocionalmente. 

Dormir juntos 

El sueño, la noche y la oscuridad son temas críticos para la gran mayoría de los niños adoptados y el dormir juntos con los padres o en una camita o cuna justo al lado de su cama es una buena forma de fomentar el apego.

Miquel explica: “El primer añofue horrible desde el punto de vista de sueño. La niña se despertaba cada noche no sé cuantas veces, y al final lo único que anhelábamos en la vida era poder dormir más de dos o tres horas seguidas. Al principio fue mucho peor pues yo tenía la idea aquella de que los niños nos toman el pelo y de que hay que dejar que se acostumbren a dormir solos. Pero Marta, mi mujer, no podía. Se quedaba delante de la puerta de la habitación de la niña llorando y sufriendo como una condenada mirándome mal y diciéndome que tenía que cogerla. Al principio me puse duro pero ante el sufrimiento de ambas, finalmente me rendí y permití que la niña volviera a dormir con nosotros. Esto probablemente fue la decisión más inteligente que he tomado en mi vida. A partir de entonces las cosas fueron mejor para todos.”

Para un niño que ha sufrido el abandono y la soledad de una institución el irse a dormir puede ser vivido como una separación dolorosa, una reminiscencia de las vivencias traumáticas del pasado. La oscuridad vivida en soledad puede ser aterradora ya que el niño con poca madurez emocional necesita ver su entorno para sentir que existe. Por ello la privación sensorial que implica la oscuridad puede ser vivida como estar colgado en el vacío y puede provocar una aguda sensación de pánico. Las técnicas difundidas por algunos pediatras que se usan para acostumbrar a los niños a dormir solos a pesar de sus miedos no son recomendables pues pueden obstaculizar gravemente el proceso de vinculación. 

El tema de las “Habilidades Parentales” es algo que está cobrando una creciente importancia y por ello hay cada vez más literatura al respecto. Diferentes autores, con experiencia propia o a través de su ejercicio profesional, han publicado listas más o menos detalladas de consejos para los padres. 

Dan Hughes, autor del libro “Facilitando el apego de desarrollo”, enumera una lista de actividades destinadas a fomentar el apego como por ejemplo:

Contacto ocular frecuente acompañado de una sonrisa. Mucho contacto físico y emocional con el niño, abrazarlo a menudo, hacerle cosquillas, mecerlo, hacer cosas juntos como reír, llorar, escuchar música, mirar fotografías, ayudar al niño a desarrollar habilidades, etc. Aconsejan hablar mucho de la familia, de los interese del niño y de su relación con los demás durante las comidas y reuniones familiares para fortalecer su sensación de pertenencia. También hablan de la importancia de tener rituales regulares y tranquilos a la hora de dormir. 

Los consejos de G. Keck y R. Hupecky en su libro “Cuidando al niño herido”, son de tipo más concreto, por ejemplo: saltar a la cuerda juntos, dibujar el uno sobre el otro con rotuladores lavables, enviarle cartas, explicarle la historia de su adopción una y otra vez, etc.

“Vemos a menudo que los padres que son los más espontáneos, los más creativos, los más inusuales, los más impredecibles –y por ello, los más divertidos- son los padres que logran una vinculación temprana con sus hijos”, explican los autores.

La separación en la guardería

Además de nutrirse emocionalmente, los niños necesitan sentirse seguros para llegar a confiar en sus nuevos padres. Necesitan una vida regular y sin sobresaltos así como un entorno estable, con reglas claras, pocas opciones y una sensación clara de que sus padres tienen las cosas bajo control. La separación de los padres y de este entorno seguro durante el proceso de vinculación suele ser vivida con mucha angustia por los niños adoptados.

No sé qué le pasa a Pau” explica Marta, madre de un niño de 3 años. “Hasta hace como medio año todo iba sobre ruedas, y ahora duerme mal por las noches, se despierta gritando, y lo más raro, se pone histérico cuando ve una llave o una puerta cerrada. No puede con ellas. No podemos ni cerrar la puerta del lavabo cuando vamos nosotros. También se ha vuelto más agresivo, como que le gusta hacer daño...”

La fecha de comienzo de estos problemas coinciden con el comienzo de Pau en la guardería donde su madre lo dejó el primer día y se fue con el estómago encogido pero sin hacer caso de sus llantos y gritos de desespero, persuadida por el personal del lugar. Si no se puede evitar la guardería es importante cuidar la cuestión de la vinculación de forma muy especial ya que, si no, puede ser sentida como un nuevo abandono. Por ello es importante darle al niño la oportunidad de crear un vínculo con quien le cuidará antes de dejarle solo allí. En muchas guarderías dedican unas horas a la aclimatación para mitigar el choque de la separación. Con un niño adoptado, especialmente si tiene problemas visibles de apego, esto es muy poco. Sería más recomendable que la aclimatación pudiese continuar durante varios días, o el tiempo que hiciera falta, hasta que el niño tuviese una vinculación clara con su cuidadora. 

Los peligros de la tele

Cuando está en casa, existe la tendencia de “enchufar al niño delante de la tele”. Como la predisposición del niño desvinculado es rehuir el contacto íntimo con los demás, la televisión es una trampa en la cual pueden caer tanto los padres como el mismo niño. Los padres por la comodidad que representa, y el niño por su hipnótica atracción. La televisión es un medio unidireccional, chupa toda la atención del niño pero éste no tiene que devolver nada. Es una forma muy eficiente de huir de la realidad, no hay esfuerzo que hacer, el placer es inmediato y la estimulación emocional es fuerte y constante. De hecho se parece mucho a los efectos de las drogas aunque sin sus efectos fisiológicos, y de la misma forma que un adulto puede perderse en la drogadicción, un niño se puede perder en la televisión. Por ello es recomendable un mínimo de televisión y, si puede ser, preferiblemente películas pregrabadas ya que el “zapping” y los constantes cambios de escena de la programación convencional empeoran sus efectos nocivos.

Los mejores padres son los padres descansados 

La tarea de crear un apego, es decir un vínculo afectivo sólido y duradero con un niño adoptado puede ser larga y ardua, pero, desde luego, es muy gratificante, pues la gran mayoría de los problemas que tienen pueden ser compensados por la cercanía, el amor y el cariño de los nuevos padres. Pero para estar a la altura de su tarea, los padres también se tienen que cuidar. Todos los expertos coinciden en la importancia de que los padres puedan tomarse el tiempo necesario para cuidarse y para descansar, utilizando todos los medios que les pueda ofrecer su entorno; familiares, amigos o instituciones. Un padre descansado y de buen humor es mucho mejor padre que uno cansado e irascible ya que es mucho más capaz de mantener un contacto franco, abierto y profundo con su hijo.

 

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